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Homenaje a un Gran Diario: LA PRENSA de Lima
BELTRÁN, EL SEÑOR DE LOS MIL AGROS

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Un Artículo de Guillermo Thorndike

Nota del editor:
El siguiente artículo es de la autoría del periodista y escritor Guillermo Thorndike Losada, tomado de su libro Los prodigiosos Años 60 (Primera edición Mayo de 1993), páginas 38 a 41. Las fotos igualmente proceden del mismo libro.



BELTRÁN, EL SEÑOR DE LOS MIL AGROS

Pedro G. Beltrán siempre quiso la Presidencia de la República. Su modo de acercarse al poder no era por medio de las urnas. No estaba dispuesto a efectuar concesión alguna a cambio de una veleidosa popularidad. Era un hombre de élite, de gabinete, un consejero, un intrigante, un conspirador. Por las rutas secretas que también llevaban al ejercicio supremo del poder, pocos parecían capaces de avanzar tan lejos como Beltrán. Se había desilusionado de las plazas públicas casi al primer intento. El populacho pedía mentiras, adulación, promesas incumplidas. Quería propiedad sin pagar por ella, salarios generosos sin el sudor de su frente, conquistas sociales cuando ni siquiera podía suprimirse el desempleo. Pedía gratis lo que tenía un precio. Para Beltrán el país no era una ganga, ni el futuro estaba en realización. La república venía a ser un negocio como cualquier otro, que debía manejarse con gastos generales reducidos, planilla estrecha, espíritu de ahorro y elevada productividad. En su modo de ver las cosas, el contribuyente estaba por encima del ciudadano que no pagaba impuestos, y el Estado al servicio de ambos. La costumbre de dar puestos públicos a cambio de favores políticos , enfurecía a Beltrán. Lo que era de todos merecía frugalidad y respeto. No adulaba al populacho, tampoco le sentía temor. Para da su ciudad y su país había sido siempre don Pedro, título que expresaba una forma de autoridad básica y espontánea, única, consubstancial, sin principio ni fin. En ejercicio de sí mismo, don Pedro prefería caminar a moverse en limusina y, de paso, siempre contestaba el saludo de ceremoniosos desconocidos que parecían sus gobernados, o discutía el precio de las paltas con unas serranas de trenzas instaladas en una vereda, cerca de su casa en la calle Velaochaga. No existía investidura o cargo público que pudiese modificar a Beltrán, salvo, por cierto, la Presidencia de la República.
Peruanos que habían vivido en Inglaterra durante la segunda década del siglo, recordaban que el joven Pedro Beltrán llegó no sólo a estudiar en la renombrada Escuela de Economía de Londres, sino a invertir su primera herencia. Una vez establecido, sin, lujos peor sin penurias, cuando hubo reservado el dinero que demandaría su educación universitaria, quedó dueño de una diez mil esterlinas. No era una gran fortuna, pero tampoco una suma despreciable. No durarían toda la vida pero con diez mil libras podían hacerse muchas cosas. Beltrán, que deseaba incrementar esa suma antes de volver al Perú, presentía los peligros de invertir sin conocer el mercado. Así fue como decidió pedir consejo a un antiguo amigo de la familia, el ex presidente Augusto B. Leguía, que sobrevivía al exilio con decorosa pobreza.
Beltrán no era aún don Pedro y a Leguía lo llamaban don Augusto. Había sido, además, el mejor Ministro de Hacienda en la historia del Perú. Bajo y enjuto, parecía irradiar una energía desperdiciada. Beltrán lo había conocido como gobernante. Daba ahora la impresión de estar olvidado: nadie ofrecía dos reales por su futuro político. Recibió Beltrán a la hora del té, estuvo de acuerdo en que la Escuela de Economía de Londres era la más avanzada del mundo y luego escuchó las inquietudes del estudiante sobre su herencia. ¿Cuánto quiere invertir? Diez mil libras. ¿Y qué pretende obtener de ellas? Seguridad con intereses altos. Leguía reflexionó brevemente. Al fin dijo: démelas a mío. En vez de asustarse, Beltrán se entusiasmó. ¿Usted las necesita? Sí, las necesito, y le pagaré los intereses más altos del mercado. ¿Por cuánto tiempo? Dos años a plazo fijo, renovables por un tercer año. Tiene usted un trato, se jugó Beltrán.
Mientras Beltrán se entregaba a sus estudios, Augusto B. Leguía inició su retorno a la presidencia del Perú. Tras el corto gobierno del coronel Benavides, se instauró la república aristocrática de don José Pardo y entonces Leguía reapareció como el contestario, el innovador, el financista que volvía enarbolando la bandera mágica del progreso. En 1919 ganó las elecciones. No esperó a que le hicieran un chanchullo con los votos. Se adueñó de la guarnición de Lima y echó de Palacio a don José Pardo para instalarse a gobernar durante once años consecutivos.
La amistad de Leguía hizo que Beltrán ascendiera como un cohete a la cima de instituciones y finanzas, aunque el joven economista emplease sus propios carburantes en tan temprano viaje a las alturas del poder. En la década del progreso, empezó a mecanizar la agricultura en el valle de Cañete, donde quedaba la hacienda Montalbán. Atónitos hacendados de otros valles iban a contemplar las novísimas locomotoras sin rieles que usaban para barbechar y abrir surcos en las tierras de Beltrán y que el joven hacendado llamaba tractores. Reemplazó el guano de las islas por fertilizantes sintéticos más poderosos. En vez de llorar sobre bellotas devoradas pro las plagas, las defendía con nuevos insecticidas. El primer avión que fumigó en Calenté lo hizo sobre los algodonales de don pedro. Optó por vivir en su hacienda como lo haría en Lima, así que instaló desagües e inauguró la luz eléctrica, entre siete y nueve de la noche, a excepción de los sábados, cuando las luces se apagaban a las diez. Pronto Montalbán producía el doble y hasta el triple que las haciendas que trabajaban a la antigua. Quien entonces comprendió mejor lo que se proponía don Pedro fue el patriarca de Casa Grande, don Juan Gildemeister, que año tras año modernizaba la inmensidad de sus sembríos de caña de azúcar y que apoyó todos sus proyectos, dentro y fuera de la poderosa Sociedad Nacional Agraria, donde Beltrán consolidó un liderazgo vitalicio. De ahí que años más tarde lo llamaran el señor de los mil agros.
Era un tipo con suerte. Cuando el tranvía de las seis de la mañana al Callao embistió su automóvil en plena Colmena, arrastrándolo casi cincuenta metros, Beltrán emergió trajeado de etiqueta, con apenas un rasguño en la cabeza. Un desacuerdo con Leguía se convirtió en público distanciamiento y luego en pleito político. Cayó Leguía y Beltrán salvó de una persecución por su pasada amistad con el tirano. Diversas plagas asolaron Cañete, nada ocurrió en Montalbán. Era de mediana estatura, nervudo, de cabello castaño y rizado. Chalán pasable, prefería la velocidad en automóvil. Casi nunca se desconcertaba. Le hubiese gustado ser músico, como su hermano Felipe, saxofonista en la oprimer4a banda de jazz que tocó en el país, pero desafinaba sin remedio. Tronaba si se ponía de mal humor. Sonreía de costado si desconfiaba de la trisa. No soportaba la impuntualidad. Casi sin darse cuenta se convirtió de soltero codiciado en solterón.
También era un hombre de trabajo. Estaba en pie a las seis de la mañana, aunque hubiese trasnochado. No lo asustaban las causas impopulares pero necesarias. Ignoraba las amenazas de violencia o muerte. Manuel Prado le encargó la embajada del Perú en Washington durante la II Guerra Mundial. Volvió para ponerse al frente de la oposición al gobierno de Bustamante y el partido aprista. Beltrán activó la conspiración final que llevó a Odría a la presidencia. El general no convocó a nuevos comicios según había convenido, sino que esperó hasta 1950 para hacerse elegir a la fuerza como candidato único. Seis años después Beltrán se desquitó. Aunque le clausuraron La Prensa y lo enviaron con todos sus periodistas a la isla penal de El Frontón, su furiosa oposición forzó a Podría a tolerar elecciones libres e irse del país.
Al principio Pedro G. Beltrán se opuso a Prado por su pacto con los apristas. Más tarde, libró una guerra contra la política eocnó0mioca del gobierno. En todo su segundo mandato, Prado tuvo cinco ministros de Hacienda. El primero, Juan Pardo Heeren, apelaba a las emisiones inorgánicas cada vez que la caja fiscal necesitaba dinero. A la vez mantuvo el dólar en la misma cotización oficial que había dejado el gobierno de Odría: quince soles. Puesto que el dólar era la mercancía más barata, la moneda nacional se convertía en divisas que salían de las reservas colocadas en el Banco Central de Reserva.
El segundo, Augusto Thorndike, encontró las reservas cerca de cero. Tenía que retirar al Estado del mercado de cambios y dejar que el dólar encontrara su nuevo valor por la oferta y la demanda. Antes, sin embargo, se preocupó de abastecer Lima de dólares, mediante pagos adelantados de impuestos por parte de las grandes empresas extranjeras, con billetes extranjeros que llegaron en cofres por avión. Al producirse el pánico, los bancos se colmaron de una multitud que exigía cambiar soles por dólares. Pero los dólares no se terminaban y, al cabo de unos días de tensión, el público tuvo que volver a pedir soles por dólares. El dólar llegó a dieciocho soles y se estabilizó por debajo de diecisiete. Por unos meses suprimió las emisiones inorgánicas, la célebre maquinita de fabricar billetes como la había bautizado Beltrán en La Prensa.
El tercer ministro,. Luis Gallo Porras, que además era primer vicepresidente de la república, fue rápidamente desaprobado por Beltrán. Si no entendía, no firmaba, y sobre su escritorio de ministro se apilaban varios metros de documentos fiscales. Hizo funcionar la maquinita con tal frenesí, que el dólar se le disparó hasta los treinta soles. Cada mañana La Prensa descargaba su artillería pesada contra el ministro de Hacienda, abrumándolo con pruebas de sus desaciertos. Producida la crisis, Prado hizo una jugada maestra: llamó a Pedro Beltrán para que formara un nuevo Consejo de Ministros y lo presidiera. Tenía carta blanca para corregir la política económica o formular una nueva. Beltrán aceptó.

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